lunes, 18 de mayo de 2026

Huesca, Loarre y el Castillo

 

Loarre
   La mejor manera de conocer el pueblo es callejear. Me voy a encontrar con el puente «románico», caserones medievales en mejor o peor estado de conservación con sus escudos nobiliarios sobre la puerta, una fuente de tres caños renacentista, la Iglesia Parroquial de San Esteban (del siglo XVI) y varias ermitas

                 




   Esta iglesia de San Esteban se levantó en el siglo XVIII sobre una edificación del siglo XVI de la que sólo se conserva la torre y la capilla que contiene en su piso inferior.

  


     Desde la distancia, el Castillo de Loarre llama la atención por su tamaño y espectacularidad. También por su ubicación, ya que está en las faldas de la sierra a la que da su nombre, límite de la comarca conocida como Hoya de Huesca. Una inmensa llanura que, en buena parte, puede dominarse desde las alturas de esta fortaleza.

    Diversos historiadores mantienen que, mucho antes de que se colocara la primera piedra del Castillo de Loarre, ya hubo aquí un asentamiento durante la época romana, conocido como Calagurris Fibularia. En cualquier caso, a todo lo largo del siglo XI, a la torre inicial se le adosaron diversas construcciones defensivas. Sobre todo, a partir del momento en que el Castillo de Loarre pasó a manos del rey Ramiro I.
  Éste ordenó la construcción de la torre del Homenaje, al tiempo que se estableció en torno al castillo, al abrigo de su prosperidad, un pequeño núcleo de población.
El máximo esplendor del Castillo de Loarre llegó a finales de ese mismo siglo, gracias al rey Sancho Ramírez, que lo reformó y amplió y que, finalmente, dio a la construcción la configuración con la que ha llegado hasta nuestros días.
Muy importantes fueron las reformas de finales del siglo XI y principios del XII, pues son las que dieron a la mayor parte de las construcciones del Castillo del Loarre su característico estilo románico jacetano.  También se construyó el monasterio y la iglesia que fueron ocupados en un principio por una comunidad de monjes agustinos. Con esto, Sancho Ramírez logró dar al Castillo de Loarre, aparte de su lógica función militar, una dimensión espiritual que se mantuvo a lo largo de varios siglos.
 Tras la retirada de los musulmanes de esta zona de la Península Ibérica, la fortaleza perdió su función militar. No así la religiosa, que se mantuvo hasta el siglo XVI, cuando este recinto fue prácticamente abandonado.
  No obstante, buena parte de la construcción se mantuvo en pie, hasta que a principios del siglo XX se declaró Monumento Nacional y se acometió su restauración. 

                                                     

  El Castillo de Loarre se encuentra a 1.070 metros de altura, en la ladera de una empinada montaña y ocupa una extensión de unos 2.200 metros cuadrados.

           

 Voy acercándome y desde el coche me llama la atención la silueta del castillo; al pie de sus  murallas mi admiración se acrecienta, dado el magnífico estado de todo el conjunto. De hecho, se considera el castillo románico mejor conservado del mundo. 



   Sin duda, lo más llamativo de la parte exterior del castillo son las murallas, en parte adosadas a las construcciones de la propia fortaleza. Se prolongan en un arco de unos 200 metros, sustentadas por siete torreones semicirculares y uno más de planta cuadrada. 

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  La historia del Castillo de Loarre comienza a principios del siglo XI,, en tiempos del rey Sancho III, que decidió construir aquí una torre, más simbólica que defensiva, tras la conquista de la comarca a las tropas musulmanas, asentadas en la zona desde varios siglos atrás.
              
                Torre Homenaje                                                                                 Torre Albarrana
                       

   La parte más importante de la actual estructura del Castillo es la iglesia de San Pedro, que es también el elemento más llamativo de la fortaleza desde el exterior.

 
           

El templo fue mandado construir por Sancho Ramírez y en él destaca tanto el ábside como la cúpula, que debía coronar su crucero, imposible de construir por la orografía y limitación de espacio del terreno.

       

         

    En el conjunto, además, destaca la silueta de la torre del Homenaje, que es una de las edificaciones militares mejor conservadas de la época, con una altura de 31 metros.
                          

  También se han conservado de forma prodigiosa tanto el pozo, incluido el brocal, como el aljibe, con sus bóvedas de medio cañón.














































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