Peñíscola
Pedro Martínez de Luna pertenecía a una de las principales familias del reino de Aragón. Sus antepasados habían participado en batallas, habían emparentado con la casa real y protagonizaron importantes acontecimientos políticos. Siguiendo las costumbres de la época, y siendo como era el segundo hijo varón, a Pedro se le consagró a la vida religiosa. Estudió derecho canónico en la Universidad de Montpellier, en donde destacó primero como alumno y después como profesor. Nombrado cardenal por el papa Gregorio XI, se trasladó con él a Roma y vivió a su lado los meses de disturbios que empujaron al papa a decidir regresar a Aviñón. En plena preparación del viaje la muerte sorprendió a Gregorio XI encontrándose aún en Roma, el 27 de marzo de 1378. Este suceso repentino e inesperado fue el detonante de una cadena de acontecimientos que acabó desembocando en el Gran Cisma de Occidente, una compleja y traumática división de la Iglesia que se prolongaría a lo largo de casi cuarenta años.
A la muerte de Gregorio XI, se reunió el cónclave para elegir al nuevo papa. Como faltaban algunos cardenales, los romanos, temiendo que fuera elegido un extranjero y que el papado se trasladara de nuevo a Francia, echaron la puerta abajo y amenazaron con cortarles a todos la cabeza si no votaban a un romano o, cuando menos, a un italiano. Precipitadamente fue nombrado el napolitano Bartolomeo de Prignano, arzobispo de Bari, que pasó a la historia como Urbano VI.
Meses más tarde los cardenales franceses y Pedro de Lunase reunieron cerca de Roma y declararon que la elección de Urbano era inválida, por haber tenido lugar mediante coacciones y violencia. Los mismos cardenales declararon la sede vacante y nombraron nuevo papa a Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII y se asentó en Aviñón. Urbano VI, por su parte, se negó a abdicar, manteniendo su corte en Roma y nombrando a sus propios cardenales.
Pedro de Luna se mantuvo en la obediencia del papa Clemente y viajó por Europa tratando de obtener el apoyo de los distintos reinos. Su actuación como legado hizo crecer su fama y su carisma. Intercedió en las disputas entre Portugal y Castilla y medió también entre los reyes de Francia e Inglaterra, enfrentados en la guerra de los Cien Años. En septiembre de 1394, cuando se encontraba en la localidad catalana de Reus, le llegó la noticia de la muerte de Clemente VII. Por consejo de los doctores de la Universidad de París, los cardenales de Aviñón decidieron no elegir nuevo papa hasta haber agotado las posibilidades de reconciliación con la sede romana. Todos se comprometieron a seguir este consejo y firmaron una cédula en la que juraban renunciar al pontificado de ser elegidos.
Pese a ello, un lunes víspera de San Miguel, a la hora de tercia, los cardenales aviñoneses se reunieron y nombraron a Pedro de Luna como nuevo papa. Tenían razones de peso para hacerlo, pues se trataba del cardenal que mejor conocía las leyes de la Iglesia, los orígenes del Cisma y los conflictos políticos del momento en los reinos cristianos. Sin embargo, sus orígenes ibéricos ponían en su contra tanto a los romanos como al rey de Francia. Tras unas iniciales reticencias, el aragonés acabó aceptando y adoptó el nombre de Benedicto XIII. Mientras tanto, en Roma ocupaba la sede el sucesor de Urbano VI, el también napolitano Bonifacio IX.
Durante dos decenios Pedro de Luna ejerció como Sumo Pontífice sobre los territorios que le eran fieles, en medio de constantes negociaciones para poner fin al Cisma. Residió primero en Aviñón, en el palacio de los Papas, que abandonó en 1403 para vivir a caballo de diversas ciudades de Francia e Italia. En 1415 fijó su residencia en Peñíscola, en el antiguo castillo templario, que convirtió en un palacio de leyenda. Rodeado de reliquias y obras de arte, creó una de las bibliotecas más importantes de su época, compuesta por obras de teología, filosofía, arquitectura, medicina, alquimia y magia. Figuraban en ella también tratados bélicos, de astrología y astronomía y obras sobre las propiedades de las plantas. Las piezas más controvertidas de su colección, los «libros ocultos», llevaron a que se arrojasen sobre el papa acusaciones de hechicería y cultos demoníacos.
Se dijo, por ejemplo, que poseyó el legendario Códice Imperial, un pergamino escrito por el emperador Constantino, del que se decía que, quien lo leyese, sentiría cómo se helaba su sangre y cómo se tambaleaba su fe. Se custodiaba como el gran secreto de la Cristiandad; el misterio que, una vez desvelado, haría tambalearse los cimientos de la Iglesia. Guardado en una cánula de oro, sólo los papas y sus cancilleres tenían acceso a él, y al parecer Benedicto XIII se lo había llevado tras su salida de Aviñón. Ambicionado por los otros papas, desapareció tras la muerte de Pedro de Luna y, por mucho que fue buscado, nunca apareció, quedando para siempre su paradero oculto entre los muros de Peñíscola.
Benedicto XIII se rodeó de doctos hombres de letras. Él mismo compuso numerosas obras, la mayoría referidas a la polémica sobre el Cisma, junto a otras de contenido más personal, como De las consolaciones de la vida humana, donde explica cómo hacer frente a la soledad y el abandono por parientes y amigos. Se distinguió asimismo por su mecenazgo artístico e incluso por la composición de pócimas medicinales. Entre sus amistades se contaron los hermanos Ferrer: el cartujo Bonifacio y el dominico y después santo, Vicente.
Pese a ello, un lunes víspera de San Miguel, a la hora de tercia, los cardenales aviñoneses se reunieron y nombraron a Pedro de Luna como nuevo papa. Tenían razones de peso para hacerlo, pues se trataba del cardenal que mejor conocía las leyes de la Iglesia, los orígenes del Cisma y los conflictos políticos del momento en los reinos cristianos. Sin embargo, sus orígenes ibéricos ponían en su contra tanto a los romanos como al rey de Francia. Tras unas iniciales reticencias, el aragonés acabó aceptando y adoptó el nombre de Benedicto XIII. Mientras tanto, en Roma ocupaba la sede el sucesor de Urbano VI, el también napolitano Bonifacio IX.
Durante dos decenios Pedro de Luna ejerció como Sumo Pontífice sobre los territorios que le eran fieles, en medio de constantes negociaciones para poner fin al Cisma. Residió primero en Aviñón, en el palacio de los Papas, que abandonó en 1403 para vivir a caballo de diversas ciudades de Francia e Italia. En 1415 fijó su residencia en Peñíscola, en el antiguo castillo templario, que convirtió en un palacio de leyenda. Rodeado de reliquias y obras de arte, creó una de las bibliotecas más importantes de su época, compuesta por obras de teología, filosofía, arquitectura, medicina, alquimia y magia. Figuraban en ella también tratados bélicos, de astrología y astronomía y obras sobre las propiedades de las plantas. Las piezas más controvertidas de su colección, los «libros ocultos», llevaron a que se arrojasen sobre el papa acusaciones de hechicería y cultos demoníacos.
Se dijo, por ejemplo, que poseyó el legendario Códice Imperial, un pergamino escrito por el emperador Constantino, del que se decía que, quien lo leyese, sentiría cómo se helaba su sangre y cómo se tambaleaba su fe. Se custodiaba como el gran secreto de la Cristiandad; el misterio que, una vez desvelado, haría tambalearse los cimientos de la Iglesia. Guardado en una cánula de oro, sólo los papas y sus cancilleres tenían acceso a él, y al parecer Benedicto XIII se lo había llevado tras su salida de Aviñón. Ambicionado por los otros papas, desapareció tras la muerte de Pedro de Luna y, por mucho que fue buscado, nunca apareció, quedando para siempre su paradero oculto entre los muros de Peñíscola.
Benedicto XIII se rodeó de doctos hombres de letras. Él mismo compuso numerosas obras, la mayoría referidas a la polémica sobre el Cisma, junto a otras de contenido más personal, como De las consolaciones de la vida humana, donde explica cómo hacer frente a la soledad y el abandono por parientes y amigos. Se distinguió asimismo por su mecenazgo artístico e incluso por la composición de pócimas medicinales. Entre sus amistades se contaron los hermanos Ferrer: el cartujo Bonifacio y el dominico y después santo, Vicente.
Se trata de una fortaleza, cuya visita nos permite descubrir sus salas, la iglesia, el salón gótico o el Patio de Armas. Además, en la parte superior, las vistas de toda la ciudad de Peñíscola incluyendo el mismo casco antiguo, resultan impresionantes. Su emplazamiento también es razón para que este lugar no deje indiferente a nadie.
Desde Peñíscola, Benedicto se enfrentó a los romanos Inocencio VII y Gregorio XII y, tras el Concilio de Pisa, también a Alejandro V y Juan XXIII. Sobrevivió a varios intentos de envenenamiento y siempre se negó a abdicar, incluso tras la renuncia de los otros papas y el nombramiento de Martín V en el Concilio de Constanza en 1417. Años antes, en Perpiñán en 1415, justificaba su legitimidad con las siguientes palabras: «Aseguráis que soy un papa dudoso; lo acepto. Pero antes de ser papa fui cardenal, y cardenal indiscutible de la Santa Iglesia de Dios, ya que fui investido antes del Cisma... Como los cardenales son los que nombran o eligen papa, sólo yo, pues, puedo designar o elegir un papa auténtico». Pedro Martínez de Luna murió el 17 de mayo de 1423, convencido hasta el fin de que él era el único papa legítimo. Se dijo que sus últimas palabras fueron: Papa sum.
Jardines del Castillo de Peñíscola
También conocido como el “Parque de la Vieja Artillería” porque albergaba la antigua artillería que sirvió para defender el castillo de los ataques piratas. Hoy, este lugar es una auténtica maravilla.
Bufador de Peñíscola
El Bufador de Peñíscola es un rincón muy reconocido de la ciudad y no hay visitante que se lo quiera perder. Se trata de una formación geológica en forma de agujero en la roca que conecta la calle donde se encuentra con una cueva subterránea.Lo que hace especial a este lugar es el sonido característico que se escucha desde la calle proveniente del agujero, parecido al de un aullido y provocado por el oleaje al entrar por este espacio subterráneo. Se dice, que este sonido disuadía antiguamente a quienes intentaban asaltar el Castillo de Peñíscola.
El mayor espectáculo se da cuando el mar está muy bravo y el orificio se convierte en un «geiser», llegando a salpicar hasta una gran altura, como se muestra en este video.
Para llegar al Bufador hay que dirigirse C/Baixada Bufador y si se prefiere otra perspectiva más amplia y completa del hoyo, se puede subir a la C/Príncipe y ver esta esquina desde una mayor altura.
Casa de les Petxines o Casa de las Conchas
Ya lo indica su nombre. La Casa de las Conchas se llama así por la decoración de su fachada, repleta de conchas blancas. Gracias también a sus ventanales de estilo árabe y el escudo del Papa Luna, es un rincón que no pasa desapercibido cuando uno pasea por las calles de Peñíscola y es por ello que recibe multitud visitas de viajeros que sienten interés por el lugar, sobre todo al conocer su curiosa historia.La Casa de las Conchas se encuentra de camino por el recorrido que lleva al Castillo de Peñíscola y esconde una hermosa historia sobre el amor por Peníscola y su mar que demostró tener un matrimonio de los años 50, cuando al pasar por una mala etapa económica y la necesidad de alimentar a sus 3 hijos, empujó a la mujer, Justa, a contar la historia de todos los rincones de la ciudad a quienes la visitaban, a cambio de su voluntad. Sin ella ser consciente, hizo historia convirtiéndose en la primera guía turística de Peñíscola.
Esto permitió a la familia llegar a comprarse el terreno donde construirían su casa y posteriormente decorarían con conchas de la zona, adquiridas del intercambio por tabaco con marineros. Posteriormente, también abrió la primera tienda de recuerdos que se conoce de Peñíscola.
Jardines del Castillo de Peñíscola
También conocido como el “Parque de la Vieja Artillería” porque albergaba la antigua artillería que sirvió para defender el castillo de los ataques piratas. Hoy, este lugar es una auténtica maravilla.
Bufador de Peñíscola
El Bufador de Peñíscola es un rincón muy reconocido de la ciudad y no hay visitante que se lo quiera perder. Se trata de una formación geológica en forma de agujero en la roca que conecta la calle donde se encuentra con una cueva subterránea.
El mayor espectáculo se da cuando el mar está muy bravo y el orificio se convierte en un «geiser», llegando a salpicar hasta una gran altura, como se muestra en este video.
Para llegar al Bufador hay que dirigirse C/Baixada Bufador y si se prefiere otra perspectiva más amplia y completa del hoyo, se puede subir a la C/Príncipe y ver esta esquina desde una mayor altura.
Casa de les Petxines o Casa de las Conchas
Ya lo indica su nombre. La Casa de las Conchas se llama así por la decoración de su fachada, repleta de conchas blancas. Gracias también a sus ventanales de estilo árabe y el escudo del Papa Luna, es un rincón que no pasa desapercibido cuando uno pasea por las calles de Peñíscola y es por ello que recibe multitud visitas de viajeros que sienten interés por el lugar, sobre todo al conocer su curiosa historia.
Esto permitió a la familia llegar a comprarse el terreno donde construirían su casa y posteriormente decorarían con conchas de la zona, adquiridas del intercambio por tabaco con marineros. Posteriormente, también abrió la primera tienda de recuerdos que se conoce de Peñíscola.